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Aquel primer amor de la infancia

De regreso a casa, se iban con Ana las mil dudas y esperanzas que adornaban ese momento. Hace unos minutos disfrutaba en compañía de sus amigos una tarde típica de verano, otra tarde similar a todas las anteriores, bajo los árboles que cubrían de los rayos de un sol abrasador que reinaba incansable sobre la llanura de un pequeño pueblo de Toledo.

Hasta hoy la vida discurría sin más preocupación ni objetivo que el encontrar un árbol más alto al que subirse para pasar el rato. Eso, y el esperar con impaciencia que su primo Ernesto apareciera con el coche para que la llevara al pueblo de al lado, para disfrutar de una tarde en la piscina municipal.

Hoy era una tarde como casi todas las demás. Ana y sus nueve años regresaban a casa con la extraña sensación de haber experimentado algo diferente. Esta tarde la risa de Alberto no sonaba igual que siempre. Tampoco era la misma sensación cuando él le tendió la mano para ayudarla a escalar por la rama de esa encina tan grande a la que tanto cuesta subirse. Para ella, hoy Alberto era diferente, pero no porque él hubiera cambiado.

Esa noche Ana no podía dormir. Cada vez que pensaba que mañana al mediodía Alberto llamaría a su puerta, como todos los días, para ir a la fuente de la plaza… le subían unas mariposas en el estómago y se revolvía inquieta en la cama. No quería darse cuenta de que lo que estaba sintiendo era lo que aparecía en las películas de princesitas que encuentran a su caballero que les rescata del castillo.

Al día siguiente volvió a sonar el timbre de la puerta, y detrás estaba Alberto, como cada día, esperando a acompañarla a la plaza donde todos sus amigos se juntaban para jugar con el agua de la fuente, y decidir dónde van a ir esa tarde. Siempre venía él solo a llamar a la puerta, vivía un par de calles más arriba y la casa de Ana le pillaba de camino a la plaza. Además, era mucho más divertido el camino cuando iban juntos, mientras se tiraban entre sí las pequeñas espigas de las hierbas que salían en las grietas de la acera.

Pero hoy se había quedado petrificada y apenas respondía a las provocaciones de Alberto al intentar enredar en el pelo las pequeñas hierbas que iba recolectando por el camino. Sólo respondió con una sonrisa y un par de monosílabos durante todo el trayecto.

Hoy ninguno de sus amigos se dio cuenta de que estaba más callada de lo normal. El calor les animaba a luchar con más ganas para conseguir coronar la fuente y mojar a todos aquellos que intentaran acercarse. Poco importaba que Ana se hubiera quedado sentada en el banco, con la sensación de estar flotando en una nube. No quería contárselo a nadie… pensaba que todos se iban a reir de ella, y lo que quería es que todo volviera a ser como antes.

Todos sus intentos fueron infructuosos. Cada vez que se acercaba a él, se quedaba petrificada, y sea cual fuere el juego que tuvieran entre manos, ella acababa dejando que Alberto consiguiera su objetivo. Él, desconociendo los sentimientos que vibraban en el interior de Ana, se jactaba de su suerte y celebraba por todo lo alto su victoria. Ficticio triunfo que despertaba sensaciones contadictorias en aquel frágil corazón.

Lágrimas de impotencia mojaron esa noche la almohada de Ana.

Al día siguiente Ana se levanta algo rezagada. Entra en la cocina para desayunar y como todos los días, se apoya en la ventana mientras acaba el vaso de leche. De repente  ve por la ventana como Alberto pasa fugazmente frente a su casa, montado en el coche de su padre. Un escalofrío recorre su espalda al girarse y descubrir que el calendario de Agosto tiene todos los días tachados… todos menos uno. Treinta y uno de agosto, último día de aquel verano en aquel pequeño pueblo de Toledo.

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