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Esperando

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Esperar. Es una de esas cosas que no me agrada, pero no me sienta muy mal. Todo depende mucho de la situación… esperar por alguien que no aprecia tu tiempo, no es plato de buen gusto; que alguien te haga esperar sistemáticamente y nunca haga nada para remediarlo, me pone especialmente nervioso.

Pero por norma general me considero bastante paciente y en las esperas típicas, como en la que estoy ‘sufriendo’ ahora, aprovecho para hacer esas cosas que normalmente no suelo pararme a realizar.

En la sala de espera de un taller no hay demasiadas cosas con las que uno pueda entretenerse, más que mirar las cosas que hay esparcidas por el suelo, o mirar cómo trabajan los mecánicos en los coches. Entre el pequeño caos de restos dispersos por el suelo, siempre acabas encontrando cierto orden… las baterías arrinconadas en casi perfecta alineación, ruedas que van girando una tras otra, dirigidas con la maestría de la experiencia, moles de metal moviéndose de un lado para otro en una extraña danza acompasada.

La situación me recuerda a la típica escena de varios jubilados tras una valla de una obra… con la salvedad de que no puedo opinar por total desconocimiento, y porque aún me faltan unas cuantas décadas para llegar al momento de la jubilación.

Mirar los pequeños detalles de la rutina ajena es algo que me despierta cierta curiosidad. Ya no tanto por ver su comportamiento, como por aprender y descubrir nuevas formas de hacer las cosas. No, no creo que me dedique a aprender cómo desllantar una rueda… pero me parece curioso ver cómo se desenvuelve un número importante de personas en perfecta coordinación en un espacio relativamente reducido.

Otra de las cosas que me llaman la atención son los gestos y caras de desesperación de la gente desconocida que, como yo, espera sin compañía a que le llegue su turno. Resoplan, se mueven compulsivamente de un lado a otro, se cruzan de brazos, miran al techo, se rascan tras la oreja con gesto de especial molestia, buscan insistentemente novedades en el punto de información, y entran en un trance de interminable hastío que les provoca que la espera parezca aún más larga.

Algunos dicen que juego con ventaja, que nací con el don de la extrema paciencia… bueno, puede ser. Creo que al final todo es relativo a cómo aproveches ese tiempo ‘sin dedicación asignada’. A veces el lujo de tener un rato para poder reflexionar, pensar sobre las cosas que estás viviendo, planear con la imaginación las cosas que te gustaría desarrollar es un regalo que no todo el mundo sabe disfrutar. Es cierto que la espera sin poder hacerte una idea de cuándo va a llegar tu turno es algo incómoda… pero a veces el hecho de liberarte del reloj, porque el horario está fuera de tu control, es un pequeño placer para alguien que vive esclavizado por la tiranía del tiempo limitado.

Esperando… sigo esperando a que le cambien las ruedas al coche. ¿dónde iré para estrenarlas?

Categorías:viviendo Etiquetas: , ,
  1. jesuspinzon
    22 agosto 2010 a las 20:20

    Como dice un amigo: Hay dos cosas que detesto en la vida, esperar y cargar…. y en ocasiones van de la mano😀

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